Rinocerontes eran los de Antes

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lunes, abril 20, 2009

Instantes


A lo largo de las rutas de Bolivia cada tanto se ven esos caseríos, que son casi pueblitos. Pueblitos poblados por solo unas cuantas familias. Las casitas son de adobe, esa mezcla de barro y paja que te aisla del calor agobiante y la tremenda radiación solar del dia y por la noche te protege del intenso frío que baja de las montañas. En uno de esos pueblitos (se llamaba Pongo, a 4000 y pocos metros de altura) preguntamos si había hotel o lugar para pasar la noche. Cuando bajamos del auto justo pasaba por la ruta una procesión de niños de entre 8 y 12 años que salían de la escuela. Cada uno de ellos nos dió las buenas noches con simpatía a su paso frente a nosotros. Fuimos ante un grupo de personas mayores y preguntamos si había algún lugar donde pasar la noche. Nos dijeron que preguntaramos en una casa que estaba en un extremo del pueblo. Entre ambos extremos, surcados por la ruta, no habría más de unos 300 o 400 metros. Fuimos hasta allí y el señor dueño del lugar nos dijo con pesar que justo habían llegado unos familiares suyos y no tenía habitaciones disponibles. Ante nuestra desazón, ya que nos ganaba la fría noche y el hambre, nos dijo que preguntaramos en la iglesia, que allí había habitaciones. Creo que en mi vida me puse tantas frazadas juntas en la cama. Era tal el frío que era mucho mejor opción dormir con muchos kilos de ropa por encima. Como días atrás me había descompuesto pregunté si había hospital en la localidad. Me dijeron que había un centro comunal, no recuerdo exactamente el nombre. Si bien ese día la altura no me estaba produciendo efectos desagradables, ya conocía lo horrible de despertar por la noche sin tener medicamento que tomar ni lugar a donde recurrir. Quería saber si los había en ese pueblito. Fuimos a la enfermería. Quienes me acompañaban eran "de altura", pero yo sufría bastante la falta de oxígeno, fundamentalmente por las noches. Golpeamos la puerta; luego de unos momentos salió una chiquilla a atendernos. Me pareció que podría tener unos 14 o 15 años, quizás menos.  Que atendiera ella la puerta de la enfermerìa me causó sorpresa. Ante mi silencio uno de mis acompañantes preguntó que quien atendía. Ella hizo un gesto intermedio entre la sorpresa y la desaprobación y dijo que ella era. Le explico que no me sentía mal pero que era del llano y quería saber si había algo que pudiera tomar por si de noche me despertaba agitado por la falta de aire. Me dijo que tenía que estar tranquilo, que no me pasaría nada, y me pidió que me desabrochara la manga para tomarme la presión. La encontró normal, y me dijo que no pasaría nada. Yo desconfiado le pregunté si tenían oxígeno o algo así por si me descomponía y me contestó negativamente con un gesto. Tampoco tenían medicamentos. Le pregunté si había algún médico a cargo y me dijo que sí, que ya estaban por llegar. Al salir del consultorio me encontré con mis compañeros, ya había notado que la chiquilla que creí una adolescente tenía algo más de veinte años. Lo corroboré con ellos. Luis me dijo que seguramente era enfermera y que efectivamente tendría unos 22 o 23 años. Era muy bajita y menuda, su rostro era aniñado y triste. Luego volvimos a la iglesia. Dormí bastante bien a pesar del frío. La gran cantidad de ropa que me puse por encima era particularmente incómoda, creo que me la fui quitando de encima poco a poco con el correr de la noche.
En el resto de los caseríos que ves recorriendo las rutas, siempre hay una cancha de piso de hormigón como la de la foto, que tiene arcos de futbol y las estructuras para jugar basketball soldadas a ellos. Nunca ví a nadie jugando en ellos. Es que el sol es muy agresivo como para exponerse durante el día y por la noche el frío es intenso. Solo una vez vi jugando futbol allá arriba, pero era en una cancha de tierra, convencional. Había cinco o seis campesinos pateando una pelota de cuero. Uno de ellos atajaba en el enorme arco de madera. Detrás suyo había una fogata apagada enviando humo al cielo. 
-Sabe para que es esa fogata? -me dijo Luis.
Es para que la gente de los alrededores sepa que hay futbol y se vaya integrando en la medida que vea el humo. Arriba no hay teléfonos. 
En otro pueblito como el de la foto, no recuerdo su nombre, mientras pasabamos rápido en la camioneta nos quedamos hipnotizados observando un corralito de adobe y piedra. Dentro de él un cerdo perseguía trotando a un burrito que trataba de evitar que el cerdo lo mordiera en los talones. En un momento el burrito desenrrajó una patada en la mandíbula al agresor. No lo escuchamos, el suceso era a unos 200 metros y pasabamos rápido. El mundo nos pasaba en silencio como si estuvieramos viendo la  televisión con el volúmen completamente bajo. Sorprendido les pregunto a los demás si habían visto eso, mientras el cerdo escapaba rápido y cabizbajo. Me dijeron que sí, que qué tremenda patada se había ligado el chancho. Mientras sucedía el hecho me toqué instintivamente la cámara, sobre mi pecho, y me di cuenta que jamás me daría tiempo yendo tan rápido de tener esa foto. Fue como cuando en Paraguay, en un morro selvático,  se me cruzó volando frente a mi naríz, lenta y cadenciosa, una enorme y azul mariposa del Paraná. Fue una de las imágenes más lindas que ví en mi vida.  También me toqué la cámara que colgaba de mi cuello. Y también me tengo que conformar con contarlo. La realidad no te espera. Y la belleza es inmanente. Está en todas las cosas y late. Y hasta algunos jamás alcanzan a verla.

Me viene a la mente cuando muy pequeño, miré hacia arriba y pasó volando una enorme mariposa amarilla y negra, en el fondo de mi casa. Fue la primera vez que la vi y no la podría olividar jamás. Enseguida miro a mi hermano para que corroborar que era cierto lo que yo había visto y me dice que es una "de Peñarol". La diferencia es que en esa oportunidad no me llevé la mano la pecho buscando la foto instantánea. Las cámaras digitales tardarían muchos años todavía. Estando en Bolivia les pregunté a los chicos, mientras observábamos otra enorme amarilla y negra cruzando el aire cerca nuestro, como les llamaban a las mariposas de Peñarol (ya que en Bolivia no hay "Peñarol" y no era lógico que las llamaran así). Me dijeron que no sabían.

7 Comentarios:

A la/s 21 abril, 2009 05:57, Blogger Mariluz dijo...

Hola Roberto, me encanta leerte. Voy conociendo 'tus tierras y tus andanzas' a través de las imágenes y cómo las describes. Es difícil que vaya por allí, pero tengo la seguridad de que si fuera, muchos de esos paisajes me resultarán conocidos -incluso tendré la sensación de "volver" a ellos.
Gracias por contarnos y mostrarnos tantas bellezas.
¿Un secreto?... no me gustan las mariposas parecen gusanos con alas

 
A la/s 21 abril, 2009 08:34, Blogger gabriel dijo...

Disfruto estos relatos. Abrazo

 
A la/s 21 abril, 2009 20:54, Blogger Robertö dijo...

Me alegra que guste (a pesar de las faltas). Después de vivirlo me queda la sensación de que es bien poco lo que uno puede transmitir, y si sirve de algo contarlo, me alegra saberlo.
Mariluz, tal vez me caen bien los gusanos porque son mariposas sin alas :)
Yo creo que todos los bichos orgánicos somos demasiado parecidos como para andarnos discriminando, aunque debo reconocer que me caen mal las moscas y las cucarachas. Y también algunos humanos, especialmente los que tienen poder y lo utilizan mal.

 
A la/s 22 abril, 2009 08:46, Anonymous Mariluz dijo...

Bonita forma de dar la vuelta a la mariposa :-))))
No dudes que transmites ¡y mucho!,
¿tal vez porque no lo pretendes?
Beso

 
A la/s 23 abril, 2009 21:05, Blogger Robertö dijo...

Creo que es de las cosas que salen mejor cuanto menos lo pretendes.
gracias por pasar

 
A la/s 27 abril, 2009 13:22, Blogger Trenzas dijo...

Como todos tus relatos de viajes, ¡una gozada..!
Veo que te quedó un mal recuerdo de aquella vez con el mal de altura
:)
Pero es bueno prevenir, eso sí.
Me ha gustado eso de prender hogueras para que la gente sepa que hay partido. De donde se deduce que la gente no necesita tanto los celeulares para comunicarse´. Aunque desde luego la hoguerita en la ciudad no se vería. O vendrían corriendo los bomberos a apagarla :)
Me hubiera gustado ver al chancho huyendo del burrito. Otra vez será.
Unos cuantos abrazos fuertes, querido Roberto.

 
A la/s 28 abril, 2009 18:15, Blogger Robertö dijo...

Al contrario Trenzas, el recuerdo es bueno. Es que el día anterior, por la noche lo pasé bastante mal, me desperté sin aire y no tenía manera de recuperar la respiración normal, no había medicos cerca, no había medicamento que tomar ni oxígeno y nada, despertar a alguien de madrugada para que se vistiera y me llevara con un médico, lo que insumiría entre pitos y flautas dos horas y media de tiempo no me daba una solución para ese momento.
Esa noche decidí irme a caminar entre los eucaliptus. El aire fresco del monte me hizo extraordinariamente bien. Luego descubrí que los nervios y la ansiedad aportan solo para mal en estos casos y cada vez que me despertaba con escaces de aire me lo tomaba como algo que pasaría más rápido si me ponía menos nervioso.
Visto ahora es una gran experiencia. En el momento pensás "que m.... hago aquí?????"

 

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