Rinocerontes eran los de Antes

Evolution

sábado, agosto 22, 2009

Esas máquinas malditas. Reflexiones.

Es de noche tarde, camino alternando la calle y el borde de la vereda. Mi ruta es definida por los obstáculos que se van sucediendo. El criterio es tener mayor visibilidad ante un posible ataque. Nunca me han sorprendido en la noche para robarme, pero la situación social actual es crítica. Camino por la calle de mi casa circulando en la posición que circularía un vehículo a contramano. Es menos probable que te lleve por delante una moto o un auto que te salga alguien de un arbusto y te robe, supongo. En un momento alguien que circula en dirección contraria se acerca a mí. Mis nervios y mis músculos se ponen en alerta naranja. La distancia se reduce tanto que apuro el paso y hago un ligero movimiento evasivo. Primero evitar, luego defender y luego lastimar, parece ser mi programación mental proveniente de artes marciales muy antiguas que nunca llegué a dominar en la práctica. Era un chico de poco más de veinte años, vestía bien, tenía buenos modos y me dijo respetuosamente "señor disculpe...no quiere comprar una gorra?". Luego de terminar su frase hizo un movimiento mecánico sacándose la gorra de la cabeza para mostrarme su mercadería. Presumí que estaba drogado, y desesperado, pero sin la suficiente desesperación como para agredir a otra persona. No me pareció muy diferente de como yo era a su edad, a pesar de que jamás estuve mendigando por las calles. Era un tipo perdido. En cierto modo todos somos tipos perdidos, que aun esforzándose honestamente, transitan y construyen una civilización que tiene el rumbo errático.

*

Estos días vengo notando como ha cambiado el trato con los choferes y los guardas de los ómnibus la llegada de las máquinas expendedoras de boletos. "Gracias", "gracias a usted", y hasta "buenos días" y "hola". En la práctica el conductor sigue dando el vuelto en monedas, el único alivio que tiene es no cortar el boleto a cambio de pulsar el botón correcto. Sin embargo ese simple acto por motivos que no comprendo ha motivado una suavización entre pasajeros y funcionarios del transporte. El resto, creo, es un círculo virtuoso, es decir, la creación de un hábito razonable, que multiplicado por sí mismo millones de veces, haga menos frecuente que el conductor trate mal a la gente o la gente le tire su bronca por los abusos de sus jerarcas a quienes dan la cara y nos ayudan a llegar a destino.

Sin embargo fui testigo hace algunas semanas de un hecho desagradable ,cuando un guarda le avisa a una señora algo así como que su boleto no era válido y que debía pagar otro o bajarse del vehículo. Se lo dijo de buenas maneras.
El intercambio de palabras tensas (es naturalmente violento pedirle a alguien que se baje de un medio de transporte) me arrancó de algún estado de meditación cercano al sueño de la primera mañana. Noté que la mujer tenía un bebé en brazos y noté que eso también arrancó al resto del pasaje de sus pensamientos. Se generaron rumores mientras la mujer con el bebé se acercaba a la puerta, las voces comenzaron a crecer lentamente en el tono y el guarda a comenzar a gesticular algo así como que "no tenía otro remedio que hacer lo que estaba haciendo y cumplir su función". Una señora dijo en voz alta algo así como "es una madre..." y una persona agrede verbalmente al guarda y le agrega "con razón los matan de vez en cuando....". Me sorprendo y miro a la bestia, que farfullaba desde un asiento contra la ventanilla. Tan veloz para insultar y pronosticar desgracias e incapaz, como yo y el resto, de reaccionar levantándose para pagarle el boleto a la señora u organizar una colecta entre la gran cantidad de gente,en apariencia al menos , solidaria para que la señora pudiera seguir viajando sin comprometer al personal del ómnibus. El guarda soportó ese insulto, mascullando en voz baja su respuesta y su indignación. Qué otra cosa podía hacer?

Ayer hubo un paro de transporte porque balearon a un guarda. Mientras viajaba incómodo en el ómnibus lleno, me entero por la rebeldía con que lo contaba el conductor mientras hacía su trabajo. Me llamó la atención porque en su discurso entrecortado por las circunstancias de su tarea no demostraba el menor rastro de mal trato a los pasajeros, ni desprecio, ni negatividad. No era el enemigo de los pasajeros, ni los pasajeros se sentían los suyos. Alguien le agradeció amablemente por pararle a mitad de cuadra para permitirle bajar. Como el ómnibus estaba lleno el conductor evitó, como es común cuando no hay sitio y hay mucha gente acumulada esperando para subir, detenerse en la parada para que desciendan los pasajeros que quieren bajar y evitar negarle el acceso a la gente que pretende subir y forzarlos a que esperen el siguiente coche. El chofer contesta el agradecimiento amablemente, enviando a la vez el mensaje en pocas palabras que formaban una frase gramaticalmente inconclusa, de que las circunstancias hacían que le abriera en ese lugar a mitad de cuadra y a pesar de intentar ser amable por los pasajeros no siempre podía dejarlos donde les conviniera a estos. Yo me bajaba en ocho de octubre. El hombre detiene el vehículo en la fila que se formó en la parada y quedó a mitad de cuadra. Seguía hablando abstraído con pasajeros diferentes de la desgracia que le había pasado al compañero suyo la noche anterior mientras yo estaba a varios lugares, con una pared muy gruesa de personas antes de llegar a la puerta y le pedí "por favor" si me podía abrir. El hombre me mira y se disculpa conmigo por distraerse hablando de las cosas que le preocupaban y no notar que yo quería descender. Le dije que no tenía por qué. Es decir, toda una serie de palabras que habían dejado de ser normales. Yo no era su enemigo ni le había reclamado nada, y sus palabras fueron en su tono acorde a las mías.

*

Hace unos cuantos días subo a un ómnibus, de los que conducen al cerro. El cerro, visualmente, geográficamente es la zona más preciosa de Montevideo. Trabajando de noche en el puerto, hace unos cuantos años, pude presenciar una de las postales mas hermosas de la ciudad que ví en mi vida. El Cerro iluminado por la noche. Me llevó a reflexionar que si un accidente geográfico así estuviera enclavado en el mediterráneo una casita allí valdría una fortuna y el sitio sería un barrio residencial, seguramente el más caro. El hecho es que la realidad indica que se ha transformado en un lugar inseguro para vivir. Uno de los tantos lugares preciosos que por el deterioro social se han venido abajo y no son puntos obligados de visita. Hablar del Cerro en Montevideo es como hablar del Bronx en Nueva York aunque puntualmente quizás no sea de los lugares más inseguros de la ciudad, y como en cualquier barrio, abunde la gente honesta y decente. Viajando en el ómnibus con ese destino tomo un asiento y me pongo a leer un libro autobiográfico de Barack Obama. No es el gran libro pero el presidente demuestra a través de sus líneas y entrelíneas, tener una sensibilidad especial ( e infrecuente) para el cargo que ocupa en la actualidad. En el libro, Obama navega desde su niñez hacia su futuro y luego hacia sus raíces africanas de donde provenía su casi desconocido padre. Es muy interesante. Y me queda como conclusión de que al aun más poderoso país del mundo lo está manejando un buen tipo, algo que lamentablemente no se puede decir usualmente de los países, mucho menos de ese, tan tupído de poderes paralelos ya sea reales como inventados.
Una de las cosas que cuenta que más me impresionó (y que generó tal impresión en él como para redactarlo en una autobiografía) es cuando siendo niño, en la escuela donde iba en Hawaii solo había dos niños negros en la clase. La otra era una niña que los demás apartaban sistemáticamente del grupo. El también se sentía raro y apartado y en ocasiones se miraban con esta niña, con el sentimiento tácito de que no se trataban entre sí, pero eran ambos sutílmente discriminados de alguna forma, ya sea por los demás, ya sea por sí mismos. En la primera oportunidad que comparten un lugar de un recreo se ponen a jugar y corretear naturalmente, lo que genera la atención de los demás compañeros de clase, los que los apartaban. Comenzaron a burlarse y a tratarlos de que eran novios. El pequeño Obama se averguenza y mira a la niña y la aparta de un empujón, en un intento desesperado de complacer a la masa, despreciando a su compañera de juegos. En el libro recuerda con verguenza la cara de desilusión con que lo miró la niña antés de huir llorando del lugar. Y sentí que eso reafirmó un compromiso muy sólido en su espíritu. Creo que es buen tipo y solamente espero que pueda dominar a ese dragón de mil cabezas sobre cuyo lomo está montado. El mundo necesita dirigentes bastante mejores que los que se preocupan de hacer el camino libre para las grandes empresas que experimentan con nuestros organismos, con nuestros suelos, nuestra agua, nuestro aire y nuestras ilusiones. Ya basta mierda, han cansado y no necesitamos gente como ustedes.

El cuento era, y me fui por las ramas, que me sentí desubicado, o cuando menos raro y observado como en ninguna otra línea de ómnibus, leyendo un libro allí, donde la gente volvía de trabajar. Caras cansadas, ropas raídas, esperanzas truncadas por la enorme cantidad de sacrificio y la menguada recompensa económica que reciben los obreros y obreras a cambio de su esfuerzo. Era el final de su jornada, como de la mía. Yo leía, ellos soñaban. Pero lo que trato de decir es que un libro es un elemento raro en determinadas zonas geográficas de una ciudad, y en determinadas franjas de la actividad social. Me jode horriblemente esa heterogeneidad. Quiero decir, es como viajar en el Titanic y no rebelarse porque los que pagaron primera clase tengan derecho a un lugar en los escasos botes disponibles y los otros sean espectadores de la salvación de éstos y protagonistas de su propio hundimiento en las aguas heladas.

*

Hace cosa de un mes llegamos con un grupo de gente hasta donde estaba otra desarrollando una tarea específica en la ruta. Cuando están allí suelen aproximarsele algunos perros que están solos, porque esta gente come allí al costado mismo de la ruta y está varias horas por día apostada en ese sitio. Resulta que cuando llego viene una hermosa cachorra con vestigios genéticos de pequeño pastor de ovejas (me recordó la instante a mi border collie, Gaia). La pequeña perra se paró sobre sus patas traseras y con las delanteras apenas llegó a apoyarse sobre mi cadera. La contuve con mis palmas hacia arriba como dándole la bienvenida a la vez que me protegía de un incómodo y doloroso empellón en los testículos. La perrita comenzó a lamerme las manos, mientras me movía la cola alegremente. Comencé a acariciarla, su pelo era sedoso y suave, era un animal hermoso realmente. Rosendo, uno de quienes trabajaban allí me vino a saludar y mientras le daba la mano me explicaba sobre esta perrita que había aparecido. Estaba necesitada de afecto, mientras me lamía las manos ocasionalmente me miraba para percibir si este hecho no estaría molestandome más de la cuenta. Quería que yo la quisiera. Me estaba diciendo sin palabras que tenía enorme necesidad de dar afecto y de estar con alguien. La acaricié y le dije algo así como "que pena que no tengo sitio" agregando no conforme con esto "es que ya tengo perra" esto para justificarme frente a los demás que nada me habían dicho. Los demás también me iban dando sus justificaciones, y notaba que cada uno se las daba en el idioma de los humanos, tan indescifrable para un cachorro abandonado, mientras le acariciaban la cabeza. "tengo un vecino milico que ya me mató de un tiro a una perra", "ya tengo tres perros", "si te llevo conmigo mi perra te va a matar", etc. A todos les hacía su propuesta de amor y todos sentíamos la necesidad de justificarnos. Quedamos en que al final de la jornada la llevarían en la camioneta a algun caserío para que los niños del lugar la adoptaran y le dieran un hogar.
Antes de irme, Rosendo me contó que alguien del lugar les contó que mató a balazos a unos perros vagabundos que le habían matado y comido una oveja. Yo me fui y mientras manejaba comencé a reconstruir al historia de la perrita. La imaginé huyendo aterrada de los estampidos de un arma de fuego. La imaginé llorando sola, aullando reclamando a su madre, abatida de un balazo o perdida en otra dirección. Sentí mucha compasión la verdad, se me vino a la mente la película de Bambi, cuando el pequeño trata de hacer reaccionar a la madre, ignorante de lo que es la muerte y algunas formas que toma la maldad, y llorando la impotencia y la soledad frente a su cuerpo inerte. Comencé a sentirme culpable de no haber traído conmigo esa perrita tan simpática para conseguirle un sitio, me imagine su historia, una historia que no podría ser capaz de contar jamás, una historia sorda que habitaba en cada una de sus células. Semanas más tarde Rosendo me dijo que la dejó en un caserío en un empalme de rutas. No me cabe dudas de que la adoptaron, era realmente preciosa.

*

Días más tarde, con esta historia en mi mente, me cruzo con una imágen no tan bella. Un perrito flaco, de mirada triste y con la piel cruelmente agredida por la sarna. Nos cruzamos la mirada. Su corta y dolorosa existencia le permitió presumir que no era una buena idea pararse en sus patas traseras y lamerme las manos. Así como cruzó su mirada conmigo, no necesitó más que un instante para notar que yo no tenía nada para él y continuar su trote apurado y sin destino.
Ni siquiera una caricia. Presumió que lo expulsaría con asco de encima mío. Es por lo mismo que Bambi no se hubiera transformado en un clásico de ser un bicho sarnoso en lugar de un bonito ejemplar de ciervo.

*
Que en fin, como me dice la gente, yo le doy muchas vueltas a las cosas.



Free counter and web stats