Rinocerontes eran los de Antes

Evolution

sábado, octubre 23, 2010

El tamaño si importa.

Estos últimos días estuve haciendo una tarea que requiere que me instale en diferentes puntos del interior del país durante todo el día para aprovechar la luz solar y de ese modo poder calibrar unos equipos de trabajo. Básicamente cada día me levanto a las 5 de la mañana y llego al hotel más cercano al lugar en cuestión a eso de las 22 o las 22:30. Es muy cansador y absorbente, claro está.
Al estacionar la camioneta en el primero de esos lugares de trabajo sucedió que un perro vino a mi encuentro. Su presencia no me resultó molesta hasta que vi que era una perra y que tenía un tumor muy desarrollado cerca de sus mamas. Era como una enorme pelota que colgaba de su vientre, hasta casi tocar el suelo. El animal estaba muy flaco, en muy malas condiciones. Como se acercó a curiosear y me resultaba muy fastidiosa su presencia me apresté a espantarla. Agité los brazos y le dije que se fuera. La perra me hizo una enorme demostración de autoestima y me atacó, sin llegar a morderme pero defendiendo su territorio de mi impertinencia con muchísima ferocidad. Como no quería generar un espiral de violencia y lastimarla me retiré de su lugar de la zona de batalla y la perra me mostró yendo a sentarse tranquila, que para ella no estaba mal compartir el lugar, siempre y cuando hubiera respeto de mi parte. Durante mucho rato la miraba de reojo y calibraba su actitud y la posibilidad de que no nos complicara nuestro trabajo. Por otro lado comencé a sentir remordimientos por pensar como hice de que por molestarme la estética de su enfermedad se me ocurriera echarla de ese lugar, que al parecer era su hábitat. Luego le tiré algo de comida que se devoró a los saltos sin dejar siquiera que llegara a tocar el piso. Estaba muerta de hambre. Luego se acercó a mi y mi compañero de tareas y nos miraba con curiosidad que diablos hacíamos con esos cables y esas computadoras sobre nuestras piernas. "Que estarán haciendo estos?" parecía preguntarse en el idioma en que circulan los pensamientos de los perros. Con el correr de las horas comencé a descubrir que la tenía una mirada muy bella, muy dulce y curiosa y que era un lindo animal. Entendí que esa perra tan deteriorada, enferma y castigada estaba justo en ese sitio para hacer que yo me pudiera enfrentar contra mis propias miserias. Es decir, al sentirme molesto por la presencia de ese animal con un tumor tan inmundo, no hacía otra cosa que manifestar los pantanos nauseabundos que hay en mí. Y por otro lado, pensé, al luego convivir con la perra y ver su belleza, había logrado tornar en cristalinos, aquellas oscuros pensamientos.
Al rato de estar juntos comenzó a obedecer mis ordenes, como cuando le pedía que se alejara de la ruta o se echara. Que se echara cada vez que se lo pedía me sorprendió especialmente, porque es algo que ni mi perra hace, a menos que le plazca. Me hacía ver con su mirada que para ella no estaba mal si a mi se me ocurría ser su amo. A la tardecita, cuando oscurecía nos subimos a la camioneta y nos fuimos. Corrió junto a la camioneta como si no quisiera quedarse sola. Nos corrió unos cuantos metros. La seguí con la mirada por el espejo retrovisor. Mi compañero me reprochó, "hace un rato no la podías ver y ahora te encariñaste".
Al otro día llegamos. Yo esperaba que no estuviera. Pero allí seguía y nos vino a recibir. Otra vez le tiré comida, otra vez me obedeció. Se dejó acariciar la cabeza y rato después se tiró de costado y agitando su pata delantera como si fuera un gato me hizo ver que tenía ganas de jugar con alguien. Me dio un poco de lástima. La verdad es que se me ocurrió que su enfermedad podría ser un quiste hidático y eso hacía que estar tocándola fuera algo muy peligroso. Así es que seguí manejándome a la distancia con ella. En determinado momento de la tardecita la veo al otro lado de la ruta que hace un movimiento brusco en el aire y se tira encima de algo. Voy curioso hasta el lugar y la veo masticando una perdiz. Vi que no tenía problemas para subsistir. Pero mientras sentía crujir los huesos del ave entre sus fuertes mandíbulas, pensé lo siguiente: que la diferencia entre ser el amo de esa perra o ser su cena, era para ella una cuestión de tamaño. Por lo visto aun tenía medios para sobrevivir un tiempo en esta vida. Cuando nos fuimos, esta vez definitivamente, nos volvió a escoltar corriendo a nuestro lado durante unos cuantos metros. Cuando se cansó se quedó sentada al borde de la ruta. Yo la miraba por el espejo, mientras nos alejabamos. Ella también. No quería que nos fueramos.


1 Comentarios:

A la/s 25 octubre, 2010 12:21, Blogger MariluzGH dijo...

Perfecta simbiosis, ella consiguió algo de comida sin esfuerzos por su parte y tú -amigo- un examen de conciencia.

Los animales -supuestamente- irracionales sí que saben de tamaños

abrazos :)

 

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