Rinocerontes eran los de Antes

Evolution

sábado, noviembre 14, 2009

Una flor


Vi pasar una oruga por la carretera. Pensé. Estamos hechos de la misma cosa. La información genética que hace que sea oruga y yo hombre no es tan grande desde algún punto de vista. Tenemos dos ojos, cosas parecidas a pies, comemos, crecemos y tiramos lo que sobra. Nos reproducimos y nos morimos. Y no sabemos a donde vamos. Quién da las ordenes? quién es el que dice, vos vas a ser la oruga y este otro será el que toma la foto?

***

Hace un tiempo mientras viajaba en ómnibus muy abstraído, aun medio dormido, imaginé lo siguiente: yo me moría y me presentaba al sitio a donde van los que se mueren. Era una habitación completamente blanca, vacía y con una puerta. Yo vestía únicamente una túnica blanca. Después de esperar un rato aparece un ser también vestido de blanco. Tenía largas antenas que emergían de su cabeza, muy cerca de dos grandes protuberancias negras, sus ojos. Sus tenazas afiladas eran aterradoras. Me dijo a través de un pensamiento que era Dios. Me sorprendí y luego del impacto pensé, "y por qué no? Al final, por que razón tenía que parecerse a un ser humano?.
Un poco confundido pensé en hacerle una pregunta, pero me di cuenta que simplemente bastaba con pensarla. Le dije más o menos que ahora a donde tendría que ir, cual sería la próxima instancia luego de nuestra presentación. Sentí que me observaba con sus grandes ojos inmóviles. Durante un buen rato no percibí ninguna comunicación de su parte. En un instante perdí la conciencia y cuando la recuperé estaba completamente desnudo. Me sentía minúsculo y me encontraba rodeado de grandes hormigas que tenían manos y portaban lupas. Para cada lupa había un sol y ellas concentraban los rayos a través de la lente y con los rayos me quemaban la carne. Sentía que chorros de fuego perforaban mi cráneo, derretían mis ojos, atravesaban mis costillas, mis piernas y mis órganos. El dolor se hizo tan insoportable que perdí nuevamente el sentido. Estaba de nuevo en la habitación.
Luego de un rato aparece por la puerta otro ser. Este parecía un ser inteligente evolucionado de un caracol. Me produjo bastante terror su presencia mórbida y babosa. Me dijo a través de un pensamiento que él era Dios. Lo observé atónito y no pregunté ni supe decir nada. Otra vez perdí el sentido y de nuevo era minúsculo y esta vez no solo no tenía ropa sino que no tenía piel. Una muchedumbre de seres parecidos a caracoles me lanzaban pequeñas piedras de sal que se adherían a mí y ardían como fuego en mi carne. Me consumían y me hacían retorcer de dolor. Cuando no soporté más volví a perder el sentido. Me desperté otra vez en la habitación. Me toqué los brazos para corroborar que conservaba mi piel. No estaba herido. Esta vez por la puerta entró alguien más parecido a un humano. Me apresuré a decirle,
- si ya sé, tu también me vas a decir que eres Dios.
No me contestó.
Comencé a asustarme y a pensar "y ahora QUÉ...!?"
El tipo me sonrió. Me dijo que efectivamente El era Dios. Yo diminuto y expectante lo interrogué con mi mirada. Me dijo que no tuviera miedo, que yo también SOY. Que cada cosa lo es.
Me bajé en la parada de siempre.

***

Diminuta, entre muchas y perdida en la inmensidad del campo, tan insignificante como lo puedo ser yo. Está captando agua de la tierra y carbono del aire a pesar de que ignoremos su existencia. Trabaja en el sentido de la evolución de las cosas, como cualquiera y hace su modesto aporte al universo.

domingo, octubre 11, 2009

Calabaza, fin del mundo, Playboy y más hormigas


Es una calabaza, y los jugos que brotan tan lentamente de su cáscara hacia el exterior.

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Paso por el portal de noticias de la BBC en español, que me gusta mucho. Me detengo ante un titular de una notica que dice algo así como "La extinción de los animales será mucho antes de lo previsto". Antes de entrar a la noticia miro el resto y detengo mi atención en la siguiente: "Marge Simpson posa desnuda en Playboy". Ambas noticias tenían igual nivel de destaque y de importancia en la página. No es una crítica a BBC, es un alerta que nos hago a todos nosotros.

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Hace unos cuantos días me bajé de la camioneta en la ruta por cuestiones de trabajo, y sin darme cuenta pisé un tacurú que estaba al borde de la banquina. Mi pié se hundió en él hasta más arriba del tobillo. El tacurú es un tipo hormiguero muy común en Uruguay. Ni bien saco mi pié veo una enorme cantidad de hormigas fluyendo hacia el exterior del nido, buscando el orígen del ataque. Prontamente comenzaron a extenderse por miles por el terreno, como si fuera un manantial rojizo y denso brotando de las entrañas de la tierra. Enseguida noto que muchas de ellas regresan con pastitos secos, como de un par de centímetros de largos. Todas haciendo ese trabajo, los pastitos como cortados a máquina, todos de igual dimensión. Veo que van y dejan su pastito y vuelven al campo por más.
Mientras hacía mis tareas, iba y volvía al auto, cada tanto me detenía a ver como hacían su trabajo su trabajo. En uno de esos traslados toco con nerviosismo mi cintura y noto con algo de espanto que perdí mi teléfono celular. Busco en mi memoria recuerdos del sitio donde hice el último movimiento que pudiera hacerlo saltar de su estuche, fijado en el cinturón de mi vaquero. Lo encuentro en el suelo allí mismo, donde recordé hacer un movimiento brusco. Recuerdo que el imán de mi estuche había perdido su poder de atracción, y que hace ya bastantes días que estaba con la idea de tirar el estuche y por uno u otro motivo no lo hacía. Y esa era la tercera vez que se me extraviaba el celular en unos pocos días. Estoy en esos recuerdos y esos pequeños reproches íntimos cotidianos cuando vuelvo a pasar hasta la camioneta por sobre el tacurú en plena restauración. Noto como las miles de trabajadoras, con su tránsito desordenado van llenando el fondo del hueco que dejó mi pié con su pequeña carga. En eso que estoy por tirar el estuche de cuero del celular, pienso que no estaría bien tirarlo al borde de la ruta, en definitiva sería tirar basura. Se me ocurre ponerlo en el enorme hueco provocado por mi humanidad en el hormiguero. Lo deposito allí, me desprendo de mi carga y todavía les alivio un poco la tarea. Enseguida unas cuantas hormigas se abalanzan y se montan en él para descubrir la naturaleza del objeto extraño. No tardan en descubrir que no está vivo y que no es una amenaza y prosiguen con su tarea de llevar y traer pastitos del campo. Al rato vuelvo a pasar y veo que el estuche estaba siendo devorado por el tacurú, parecía un enorme navío hundiéndose poco a poco, en un mar de trocitos de pasto blanquecino. Me quedé pensando unos cuantos segundos en mi extraña forma de no hacer mugre en un espacio público.
Hoy por la mañana, semanas más tarde, saco a pasear a Gaia, mi perra, al lugar donde vamos siempre. Sobre el pasto, veo un estuche de celular de cuero muy parecido al que yo tenía. Me acuerdo de aquél, formando parte ahora de la estructura de un tacurú a cientos de kilómetros del lugar y notó en las adyacencias de éste, caminos de hormigas con miríadas de ellas en plena faena. Me puse a pensar en la circunstancia de que las hormigas ofendidas por haberles tirado mi basura en su casa hacía unas pocas semanas, me la devolvían haciéndomela llegar hasta mis propios pies desde tan lejos. Se me ocurrió que podría escribir un cuento con eso.

sábado, octubre 10, 2009

El Cebollatí

Me tocó en suerte atravesar los humedales de Rocha, uno de los pocos lugares donde la mano del hombre no ha destrozado el medio ambiente y abundan todo tipo de aves.




Cuando veo pasar un ave volando me dan enormes ganas de fotografiarla. Una vez que pulsás el disparador el resultado es impredecible. Para los pocos intentos que hice durante esta travesía, puedo decir que la buena fortuna me acompañó.







La foto de la garza blanca no quedó tan bien. Para el segundo intento el ave extendió sus alas y luego de carretear sobre la superficie del agua levantó vuelo. El intento de capturar ese momento también fue un fracaso.







No hay puente para cruzar el río Cebollatí. Una balsa te lleva hacia el otro lado donde continúa el camino.
Donde la actividad humana es mínima, todo parece estar en perfecto equilibrio.



Nunca dejan de sorprenderme los miles y miles de tacuruses (hormigueros) que se extienden por las praderas de esta zona. Tal vez en unos cuantos de estos nidos haya tantas hormigas como seres humanos hubo jamás. No deja de sorprenderme como por siglos se han rebelado ante el progreso humano. De ser sencillo eliminarlas hace tiempo habrían dejado de estar allí. Evidentemente son organizadas e inteligentes. Y muchas.





sábado, octubre 03, 2009

El bicho


Tarde tórrida de sábado de octubre. Quería practicar las fotos con el macro, para fotografiar objetos desde cerquita. Las fotos de insectos a veces quedan bien. No había encontré bajo la tarde calurosa nada que fotografiar hasta que reparé en este modelo que me observaba a poca distancia, sobre la azotea de mi casa.

Cuando quise modificar su orientación respecto al sol, se molestó, desplegó sus alas y se alejó del lugar. Para hacer valer su derecho a la privacidad y a tomar sol en paz, le quedan muchos millones de años.

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Me puse a sacar fotos porque no tengo palabras. Y en definitiva una foto dice cualquier cantidad de cosas.

lunes, septiembre 07, 2009

De Aves, libros y algunos pensamientos

Hace unos días salí a pasear con mi perra Gaia. Llegamos al terreno de la iglesia y súbitamente dos habitantes inesperados nos reciben con sus graznidos. Dos teru terus, nos comunicaban a viva voz que estabamos en sus dominios. Pero como eran intrusos allí, Gaia y yo no detuvimos nuestro avance por el territorio que juzgamos nuestro. Levantaron el vuelo pronto a pesar de que en su terreno son bravos defensores de su espacio. Que yo recuerde, los teros son las únicas aves que he visto atacando personas o más bien haciendo maniobras disuasivas para auyentarlos de su sitio vital. Pero éstos no eran de allí; en la iglesia no hay más que palomas, gorriones, benteveos y unos de color pardo, de bonito canto, cuyo nombre me averguenza no reconocer. Me pasa igual con los árboles, no sé identificar más que unos cuantos. A veces pienso que no saber identificar un árbol es como estar nadando en el mar y que se nos cruce una ballena, y no saber si era una ballena, un tiburón o un delfín, y definirlo tan solo como un pez gigante. Pero me sucede eso, a menos de unas cuantas especies. Tengo mejor suerte para recordar los nombres de los animales que no son aves. Es que tengo presente cuando de chico vi mi primer álbum de figuritas; se llamaba Zoo Color. Recuerdo el momento en que mi hermano me llamó para mostrármelo. Cada página tenía diferentes hábitats, y dentro de la página doble las siluetas en blanco de los animales que allí vivían, con el correspondiente número de figurita que iría pegada encima. El primer escenario que ví era la jungla; allí en el suelo, debajo de la densa fronda, había un gorila, quizás la primera figura que mi hermano "sacó" del sobre; los demás estaban en blanco y el gorila reinaba en esa selva. Más adelante sabría lo que era un tigre de tasmania, un clamidosaurio y cosas por el estilo. También el ave del paraíso y el kiwi. Pero las aves no serían mi fuerte. El hecho es que sigo avanzando por el parque con Gaia y otros dos vecinos nuevos e inusuales se distinguen en la copa desnuda de un paraíso (uno de los pocos árboles que soy capaz de distinguir); eran dos pájaros carpinteros como este de la foto.

Tampoco eran de allí. Me puse a pensar por que raro sortilegio sendas parejas de aves extrañas estaban esa mañana en ese lugar. Por mi permanente y sistemática forma fatalista de ver las cosas, se me ocurrió que habrían sido expulsadas por la maldad humana de alguna parte, pero a lo mejor simplemente se buscaban abrir camino en la vida como cualquiera. Los seres vivos hacen eso, buscan su sitio, por lo general. No los volví a ver en los días siguientes.

Estos carpinteros me hicieron recordar a los que se ven en Bolivia, en la selva, que a su vez me impactaron por ser tan parecidos al pájaro loco, "Loquillo", que miraba por televisión cuando niño.


Esto me hace asociar ahora, que hace pocos días encontré un sonido boliviano que se me había hecho habitual durante mis días de trabajo en la selva del Chapare, y que estaba echando muchísimo de menos. Es el gorjeo del Cacique, una especie de boyero, un pájaro muy bonito y muy listo que construye unos nidos colgantes muy interesantes. Cada vez que te detenés en la ruta escuchás su trino. Generalmente está uno de ellos montando guardia en una de las ramas de un árbol atestado de nidos, y se descuelga de la rama y planea suavemente, dejando ver sus plumas coloridas de la cola, para que lo sigas hipnotizado con la mirada y no prestes atención a los nidos. Es todo ese ritual y su hermoso canto soltado para llamar la atención, justo antes de iniciar su vuelo. Algo inolvidable que por suerte pude rescatar en internet. Hasta lo dejé como ringtong de mi celular...era un sonido cotidiano, el lenguaje de la selva, su voz de bienvenida y alerta. Un sonido que echo de menos.


*** *

Hablando más arriba sobre las figuritas, me vino a la mente la primera fiebre mundialista. Estaba en cuarto de escuela, era plena dictadura militar. Casi todos en la escuela coleccionabamos un álbum con los dibujos de los jugadores de ese mundial. Como había una especie de tráfico de figuritas en la escuela, y competencias encarnizadas jugando a la tapadita buscando lícitamente (o algunas veces no, mojándose la palma de la mano con saliva por ejemplo) quedarse con las figuras del adversario. Esto no era para nada bien visto por las autoridades de la escuela y todo terminó con una ley seca de figuritas. Como niños que eramos jugabamos a otras cosas, pero existía la sensación y la necesidad de transgredir esa ley, porque vamos...las figuritas eran nuestro vicio. Eramos pequeños tahures de túnica blanca y moña azul. Gran parte del sentido de ir a la escuela era volver a tu casa con más figuritas que las que habías llevado. Nos las arreglamos para seguir jugando. Recuerdo que jugabamos en el ómnibus a la salida. Teníamos media hora de viaje y usabamos nuestros portafolios de mesa mientras viajabamos sentados. Quizo el destino que en una oportunidad viajaba la directora de otra escuela en ese vehículo y nos preguntó que como no estaban prohibidas las figuritas en nuestra escuela. Nos cagamos todos, como corresponde. Las escondimos y pusimos cara de circunstancias mientras el que estaba en el pasillo más cerca de la señora le soltaba duro de miedo a que escuela pertenecíamos y demás datos requeridos. Al otro día la directora de nuestra escuela nos pasó el aviso de haber recibido la denuncia, nos habló duramente por haber incumplido la prohibición y nos ordenó que durante esa mañana entregaramos a la maestra todas las figuritas existentes entre los alumnos del salón de clase. No habría castigo pero nos exigió entregarlas todas. Justo ese día yo había conseguido una bien difícil, que me faltaba en el álbum. Me había asustado lo suficiente como para no ir ese día con mi "fajo" de figuritas repetidas, pero alguien me dió esa que justo me faltaba. Me la escondí en una de mis medias y decidí no entregarla. El resto de los niños, posiblemente los que no viajaron con nosotros el día anterior fueron entregando sus figuritas y alguien reparó en mi actitud de haberme quedado con una y me denunció con la maestra. Atravesó el salón se me paró al lado y comenzó a increparme que si los demás habían entregado sus figuras yo debía hacer lo mismo. La maestra también se me vino al lado y con mucha dureza y me exigió que la entregara. La verdad es que me miraban furiosos los dos, y yo no tenía muchos argumentos y mientras mi compañero metía sus manos en mis medias buscando la prueba de su denuncia y yo comenzaba a sentirme violentado y molesto comencé a decir que estaba bien, que era verdad que tenía una figurita y la entregaría. El hecho es que mi compañero no la encontró en mis medias y comenzó a quedar en mala posición frente a la maestra. Hasta yo mismo decía que si la tenía pero no aparecía y comencé a ponerme nervioso. Finalmente la maestra me dice de malos modos que que había pasado con la figurita, si es que la había perdido jugando y fue como sin darse cuenta me diera una tabla de salvación. Rápidamente le dije que si, que me la habían "ganado" un rato antes. La mujer me dice "JA!!! VIO LO QUE PASA POR JUGAR A LAS FIGURITAS" y acto seguido lo mira como para matar a mi compañero alcahuete, que se desesperaba porque no tenía ni la más remota idea de donde yo había metido esa condenada figurita. Ni yo tampoco!
Rato después, durante la clase abro un cuaderno y aparece la figurita. Era una muy estúpida, era Noé jugando al futbol arriba del arca, creo que pateando una calavera. Ni bien la veo cierro rápidamente el cuaderno muerto de miedo por si alguien más la había visto. Al mismo tiempo recuerdo que, inseguro de tener un objeto prohibido en una de mis medias, la cambie de sitio a la contratapa del cuaderno de clases, debajo del naylon que lo forraba. El susto y la situación de la maestra obligándome a confesar mi crímen y mi compañero acusándome deslealmente me hizo bloquear mi mente y olvidar el sitio donde la había dejado. Cierro el cuaderno y pongo mis manos sobre la tapa rogando que nadie me hubiera visto. No pasaron más que unos instantes y mi compañera de banco, Ana Clara, me dice, "te ví". Y yo giré mi rostro hacia ella y me quedé mirandola en silencio entregado, como un delincuente menor pescado in fraganti por un ejército de marines. La miré y comencé a esperar sin ninguna esperanza la fatídica palabra (MAESTRAAAAA!!!). Ana Clara me miró comprensivamente, me hizo una ligera mueca muy parecida a una débil sonrisa y me aclaró que no me acusaría. Mi cara sería de campeonato...

Supongo que la niña se ganó mi lealtad eterna, pero cuarto, quinto y sexto se pasaron volando y es el último recuerdo suyo que tengo. No la volví a ver.

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Este año que está transcurriendo tiene una particularidad para mí. Compré más libros que durante el resto de mi existencia. Me fui el viernes después del trabajo a la feria anual del libro y me quedé maravillado. Me gasté una fortuna en libros de todo tipo. Vi unos cuantos de buena calidad y a buen precio y me los compré aunque puedan pasar unos cuantos años antes de que los pueda leer. Curiosamente el que más me gustó de todos no me lo compré y ni siquiera pregunté el precio, quizás porque ya había gastado demasiado e intuí, por su encuadernación, que era de los más caros. El libro hermosamente encuadernado se llama "Seres humanos, orquídeas y pulpos" y es de Jacques Cousteau. Un adelantado a su tiempo. Cuando pequeño no me despegaba de la televisión viendo como se habría camino por las aguas mostrando toda la vida que había en ella, con su traducción afrancesada tan "cagacteguística". Costeau me parece un individuo admirable, de por si un libro suyo me hubiera llamado la atención, pero el título del libro me parece espectacular. Tiene que ver con las especies más complejas del mundo de los vertebrados, las plantas y los invertebrados, respectivamente. Ya me lo voy a comprar, estoy seguro. Pero que título....

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De los que me compré, el que estoy leyendo es "El gran secreto" de Maurice Maetterlinck. Es un libro sobre las impresiones del autor sobre el ocultismo, la religión y la sabiduría antigua. Lo compré porque tengo un gratísimo recuerdo de la lectura de "La vida de las termitas" y "La inteligencia de las flores" de este mismo autor y me pareció un ser humano con una capacidad de observación y una inteligencia llamativa. Y el gran secreto es un libro que pasea por lo que puede saberse desde las escrituras indias y los jeroglíficos egipcios hasta aquí. Quería cerrar el posteo con una frase muy linda, que al menos para quienes nos pasamos la vida buscando, y muchas veces andamos a tientas sin saber siquiera que buscamos, es especialmente estimulante.

"En la jerarquía de las evoluciones jamás llegaremos a conocer al Ser Supremo, ni su pensamiento último; pero eso no es óbice para que debamos afanarnos por saber mucho más de lo que sabemos. Si no podemos conocerlo todo, eso no es razón para que nos resignemos a no saber nada..."

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Voy viajando en el ómnibus. Estoy en el fondo de todo, junto a la puerta. Una niña vestida de escolar me pide permiso para bajar. Se estira para tocar el timbre sin poder conseguirlo. Me dispongo a ayudarla cuando la niña gira rápidamente, le da el paraguas a su madre y con más libertad de movimiento consigue su objetivo. La miro con una sonrisa y le digo que creí que no lo lograría y que estaba a punto de ayudarla. Es que me causó simpatía recordar la última vez que me sucedió algo parecido. Iba para mis clases de inglés, nunca llegaba al cordón forrado de plástico que tenían los ómnibus nuevos por entonces. Siempre me tenía que poner detrás de alguien mayor, que pudiera efectivizar la señal. Es como un perro cuando sabe que no puede abrir una puerta y espera que alquien capaz de hacerlo se disponga, y entonces aprovecha el viaje y sale por la puerta. Esa vez nadie bajaba, y debí someteme a la humillación de estirarme a sabiendas de que no llegaría. Aprender a comunicarme es de las últimas cosas que aprendí en la vida, me hubiera solucionado mucho aprender antes. En lugar de pedirle a alguien me estiré hasta donde pude sin conseguir llegar. Puse mi peor cara de frustración y debo haber insultado al universo por mi condición de petiso, que seguramente creí que sería eterna. Una niña más esbelta que yo reparó en la situación y se estiró por mí. Le di las gracias avergonzado y me miró comprensivamente como si quisiera decirme "tranquilo, no te voy a decir petiso". La miré ese instante largo, y le di las gracias y me bajé rumbo al instituto.

sábado, agosto 22, 2009

Esas máquinas malditas. Reflexiones.

Es de noche tarde, camino alternando la calle y el borde de la vereda. Mi ruta es definida por los obstáculos que se van sucediendo. El criterio es tener mayor visibilidad ante un posible ataque. Nunca me han sorprendido en la noche para robarme, pero la situación social actual es crítica. Camino por la calle de mi casa circulando en la posición que circularía un vehículo a contramano. Es menos probable que te lleve por delante una moto o un auto que te salga alguien de un arbusto y te robe, supongo. En un momento alguien que circula en dirección contraria se acerca a mí. Mis nervios y mis músculos se ponen en alerta naranja. La distancia se reduce tanto que apuro el paso y hago un ligero movimiento evasivo. Primero evitar, luego defender y luego lastimar, parece ser mi programación mental proveniente de artes marciales muy antiguas que nunca llegué a dominar en la práctica. Era un chico de poco más de veinte años, vestía bien, tenía buenos modos y me dijo respetuosamente "señor disculpe...no quiere comprar una gorra?". Luego de terminar su frase hizo un movimiento mecánico sacándose la gorra de la cabeza para mostrarme su mercadería. Presumí que estaba drogado, y desesperado, pero sin la suficiente desesperación como para agredir a otra persona. No me pareció muy diferente de como yo era a su edad, a pesar de que jamás estuve mendigando por las calles. Era un tipo perdido. En cierto modo todos somos tipos perdidos, que aun esforzándose honestamente, transitan y construyen una civilización que tiene el rumbo errático.

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Estos días vengo notando como ha cambiado el trato con los choferes y los guardas de los ómnibus la llegada de las máquinas expendedoras de boletos. "Gracias", "gracias a usted", y hasta "buenos días" y "hola". En la práctica el conductor sigue dando el vuelto en monedas, el único alivio que tiene es no cortar el boleto a cambio de pulsar el botón correcto. Sin embargo ese simple acto por motivos que no comprendo ha motivado una suavización entre pasajeros y funcionarios del transporte. El resto, creo, es un círculo virtuoso, es decir, la creación de un hábito razonable, que multiplicado por sí mismo millones de veces, haga menos frecuente que el conductor trate mal a la gente o la gente le tire su bronca por los abusos de sus jerarcas a quienes dan la cara y nos ayudan a llegar a destino.

Sin embargo fui testigo hace algunas semanas de un hecho desagradable ,cuando un guarda le avisa a una señora algo así como que su boleto no era válido y que debía pagar otro o bajarse del vehículo. Se lo dijo de buenas maneras.
El intercambio de palabras tensas (es naturalmente violento pedirle a alguien que se baje de un medio de transporte) me arrancó de algún estado de meditación cercano al sueño de la primera mañana. Noté que la mujer tenía un bebé en brazos y noté que eso también arrancó al resto del pasaje de sus pensamientos. Se generaron rumores mientras la mujer con el bebé se acercaba a la puerta, las voces comenzaron a crecer lentamente en el tono y el guarda a comenzar a gesticular algo así como que "no tenía otro remedio que hacer lo que estaba haciendo y cumplir su función". Una señora dijo en voz alta algo así como "es una madre..." y una persona agrede verbalmente al guarda y le agrega "con razón los matan de vez en cuando....". Me sorprendo y miro a la bestia, que farfullaba desde un asiento contra la ventanilla. Tan veloz para insultar y pronosticar desgracias e incapaz, como yo y el resto, de reaccionar levantándose para pagarle el boleto a la señora u organizar una colecta entre la gran cantidad de gente,en apariencia al menos , solidaria para que la señora pudiera seguir viajando sin comprometer al personal del ómnibus. El guarda soportó ese insulto, mascullando en voz baja su respuesta y su indignación. Qué otra cosa podía hacer?

Ayer hubo un paro de transporte porque balearon a un guarda. Mientras viajaba incómodo en el ómnibus lleno, me entero por la rebeldía con que lo contaba el conductor mientras hacía su trabajo. Me llamó la atención porque en su discurso entrecortado por las circunstancias de su tarea no demostraba el menor rastro de mal trato a los pasajeros, ni desprecio, ni negatividad. No era el enemigo de los pasajeros, ni los pasajeros se sentían los suyos. Alguien le agradeció amablemente por pararle a mitad de cuadra para permitirle bajar. Como el ómnibus estaba lleno el conductor evitó, como es común cuando no hay sitio y hay mucha gente acumulada esperando para subir, detenerse en la parada para que desciendan los pasajeros que quieren bajar y evitar negarle el acceso a la gente que pretende subir y forzarlos a que esperen el siguiente coche. El chofer contesta el agradecimiento amablemente, enviando a la vez el mensaje en pocas palabras que formaban una frase gramaticalmente inconclusa, de que las circunstancias hacían que le abriera en ese lugar a mitad de cuadra y a pesar de intentar ser amable por los pasajeros no siempre podía dejarlos donde les conviniera a estos. Yo me bajaba en ocho de octubre. El hombre detiene el vehículo en la fila que se formó en la parada y quedó a mitad de cuadra. Seguía hablando abstraído con pasajeros diferentes de la desgracia que le había pasado al compañero suyo la noche anterior mientras yo estaba a varios lugares, con una pared muy gruesa de personas antes de llegar a la puerta y le pedí "por favor" si me podía abrir. El hombre me mira y se disculpa conmigo por distraerse hablando de las cosas que le preocupaban y no notar que yo quería descender. Le dije que no tenía por qué. Es decir, toda una serie de palabras que habían dejado de ser normales. Yo no era su enemigo ni le había reclamado nada, y sus palabras fueron en su tono acorde a las mías.

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Hace unos cuantos días subo a un ómnibus, de los que conducen al cerro. El cerro, visualmente, geográficamente es la zona más preciosa de Montevideo. Trabajando de noche en el puerto, hace unos cuantos años, pude presenciar una de las postales mas hermosas de la ciudad que ví en mi vida. El Cerro iluminado por la noche. Me llevó a reflexionar que si un accidente geográfico así estuviera enclavado en el mediterráneo una casita allí valdría una fortuna y el sitio sería un barrio residencial, seguramente el más caro. El hecho es que la realidad indica que se ha transformado en un lugar inseguro para vivir. Uno de los tantos lugares preciosos que por el deterioro social se han venido abajo y no son puntos obligados de visita. Hablar del Cerro en Montevideo es como hablar del Bronx en Nueva York aunque puntualmente quizás no sea de los lugares más inseguros de la ciudad, y como en cualquier barrio, abunde la gente honesta y decente. Viajando en el ómnibus con ese destino tomo un asiento y me pongo a leer un libro autobiográfico de Barack Obama. No es el gran libro pero el presidente demuestra a través de sus líneas y entrelíneas, tener una sensibilidad especial ( e infrecuente) para el cargo que ocupa en la actualidad. En el libro, Obama navega desde su niñez hacia su futuro y luego hacia sus raíces africanas de donde provenía su casi desconocido padre. Es muy interesante. Y me queda como conclusión de que al aun más poderoso país del mundo lo está manejando un buen tipo, algo que lamentablemente no se puede decir usualmente de los países, mucho menos de ese, tan tupído de poderes paralelos ya sea reales como inventados.
Una de las cosas que cuenta que más me impresionó (y que generó tal impresión en él como para redactarlo en una autobiografía) es cuando siendo niño, en la escuela donde iba en Hawaii solo había dos niños negros en la clase. La otra era una niña que los demás apartaban sistemáticamente del grupo. El también se sentía raro y apartado y en ocasiones se miraban con esta niña, con el sentimiento tácito de que no se trataban entre sí, pero eran ambos sutílmente discriminados de alguna forma, ya sea por los demás, ya sea por sí mismos. En la primera oportunidad que comparten un lugar de un recreo se ponen a jugar y corretear naturalmente, lo que genera la atención de los demás compañeros de clase, los que los apartaban. Comenzaron a burlarse y a tratarlos de que eran novios. El pequeño Obama se averguenza y mira a la niña y la aparta de un empujón, en un intento desesperado de complacer a la masa, despreciando a su compañera de juegos. En el libro recuerda con verguenza la cara de desilusión con que lo miró la niña antés de huir llorando del lugar. Y sentí que eso reafirmó un compromiso muy sólido en su espíritu. Creo que es buen tipo y solamente espero que pueda dominar a ese dragón de mil cabezas sobre cuyo lomo está montado. El mundo necesita dirigentes bastante mejores que los que se preocupan de hacer el camino libre para las grandes empresas que experimentan con nuestros organismos, con nuestros suelos, nuestra agua, nuestro aire y nuestras ilusiones. Ya basta mierda, han cansado y no necesitamos gente como ustedes.

El cuento era, y me fui por las ramas, que me sentí desubicado, o cuando menos raro y observado como en ninguna otra línea de ómnibus, leyendo un libro allí, donde la gente volvía de trabajar. Caras cansadas, ropas raídas, esperanzas truncadas por la enorme cantidad de sacrificio y la menguada recompensa económica que reciben los obreros y obreras a cambio de su esfuerzo. Era el final de su jornada, como de la mía. Yo leía, ellos soñaban. Pero lo que trato de decir es que un libro es un elemento raro en determinadas zonas geográficas de una ciudad, y en determinadas franjas de la actividad social. Me jode horriblemente esa heterogeneidad. Quiero decir, es como viajar en el Titanic y no rebelarse porque los que pagaron primera clase tengan derecho a un lugar en los escasos botes disponibles y los otros sean espectadores de la salvación de éstos y protagonistas de su propio hundimiento en las aguas heladas.

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Hace cosa de un mes llegamos con un grupo de gente hasta donde estaba otra desarrollando una tarea específica en la ruta. Cuando están allí suelen aproximarsele algunos perros que están solos, porque esta gente come allí al costado mismo de la ruta y está varias horas por día apostada en ese sitio. Resulta que cuando llego viene una hermosa cachorra con vestigios genéticos de pequeño pastor de ovejas (me recordó la instante a mi border collie, Gaia). La pequeña perra se paró sobre sus patas traseras y con las delanteras apenas llegó a apoyarse sobre mi cadera. La contuve con mis palmas hacia arriba como dándole la bienvenida a la vez que me protegía de un incómodo y doloroso empellón en los testículos. La perrita comenzó a lamerme las manos, mientras me movía la cola alegremente. Comencé a acariciarla, su pelo era sedoso y suave, era un animal hermoso realmente. Rosendo, uno de quienes trabajaban allí me vino a saludar y mientras le daba la mano me explicaba sobre esta perrita que había aparecido. Estaba necesitada de afecto, mientras me lamía las manos ocasionalmente me miraba para percibir si este hecho no estaría molestandome más de la cuenta. Quería que yo la quisiera. Me estaba diciendo sin palabras que tenía enorme necesidad de dar afecto y de estar con alguien. La acaricié y le dije algo así como "que pena que no tengo sitio" agregando no conforme con esto "es que ya tengo perra" esto para justificarme frente a los demás que nada me habían dicho. Los demás también me iban dando sus justificaciones, y notaba que cada uno se las daba en el idioma de los humanos, tan indescifrable para un cachorro abandonado, mientras le acariciaban la cabeza. "tengo un vecino milico que ya me mató de un tiro a una perra", "ya tengo tres perros", "si te llevo conmigo mi perra te va a matar", etc. A todos les hacía su propuesta de amor y todos sentíamos la necesidad de justificarnos. Quedamos en que al final de la jornada la llevarían en la camioneta a algun caserío para que los niños del lugar la adoptaran y le dieran un hogar.
Antes de irme, Rosendo me contó que alguien del lugar les contó que mató a balazos a unos perros vagabundos que le habían matado y comido una oveja. Yo me fui y mientras manejaba comencé a reconstruir al historia de la perrita. La imaginé huyendo aterrada de los estampidos de un arma de fuego. La imaginé llorando sola, aullando reclamando a su madre, abatida de un balazo o perdida en otra dirección. Sentí mucha compasión la verdad, se me vino a la mente la película de Bambi, cuando el pequeño trata de hacer reaccionar a la madre, ignorante de lo que es la muerte y algunas formas que toma la maldad, y llorando la impotencia y la soledad frente a su cuerpo inerte. Comencé a sentirme culpable de no haber traído conmigo esa perrita tan simpática para conseguirle un sitio, me imagine su historia, una historia que no podría ser capaz de contar jamás, una historia sorda que habitaba en cada una de sus células. Semanas más tarde Rosendo me dijo que la dejó en un caserío en un empalme de rutas. No me cabe dudas de que la adoptaron, era realmente preciosa.

*

Días más tarde, con esta historia en mi mente, me cruzo con una imágen no tan bella. Un perrito flaco, de mirada triste y con la piel cruelmente agredida por la sarna. Nos cruzamos la mirada. Su corta y dolorosa existencia le permitió presumir que no era una buena idea pararse en sus patas traseras y lamerme las manos. Así como cruzó su mirada conmigo, no necesitó más que un instante para notar que yo no tenía nada para él y continuar su trote apurado y sin destino.
Ni siquiera una caricia. Presumió que lo expulsaría con asco de encima mío. Es por lo mismo que Bambi no se hubiera transformado en un clásico de ser un bicho sarnoso en lugar de un bonito ejemplar de ciervo.

*
Que en fin, como me dice la gente, yo le doy muchas vueltas a las cosas.



jueves, julio 23, 2009

El horror se transmite

Es notable como podemos sonreirnos al escuchar un rington ingenioso, o deslumbrarnos por la belleza y las prestaciones de un aparato electrónico nuevo. Me pregunto si será cierto que en áfrica niños y niñas de muy corta edad arañan las minas para extraer el coltán. Me pregunto si será cierto y si sus manos están mugrientas y sus vidas esclavizadas , entonces ¿yo qué?

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